“El ciclismo es la muerte lenta del planeta”.
Así provocó un banquero a una sala llena de economistas. No para atacar a la bicicleta, sino para desnudar una lógica incómoda.
Un ciclista no compra coche ni pide préstamos. No paga gasolina, seguros ni grandes reparaciones. No usa aparcamientos de pago ni genera obras viales. No engorda con facilidad. No llena salas de espera ni consume medicamentos de forma constante.
Desde esa mirada estrecha, una persona sana “no aporta” al sistema porque no gasta.
En cambio, cada nuevo local de comida rápida sí mueve la rueda: empleo, consultas médicas, tratamientos, dietas, soluciones para problemas que antes no existían. Todo suma al PIB. Todo cuenta como crecimiento.
La pregunta no es si la bicicleta es mala para la economía.
La pregunta es qué tipo de economía necesita que la gente enferme para funcionar.
Elegir entre una bicicleta o un McDonald’s no es una broma.
Es un espejo.
(recogido de la página datoshistoricos.com)