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No son libertarios, dejemos de llamarlos así
La palabra “libertario” no nació para defender un mercado sin límites. Durante más de un siglo nombró tradiciones de emancipación, igualdad y rechazo a toda forma de dominación. ¿Cómo terminó significando casi lo contrario?
Breve historia de la palabra
Hasta donde sabemos, el neologismo libertaire nació en 1857 de la pluma del poeta y militante anarquista francés Joseph Déjacque, exiliado en Nueva Orleans. Lo usó en una carta verdaderamente feroz contra Pierre-Joseph Proudhon (padre filosófico del anarquismo), a quien le reprochaba sus ideas cavernarias contra las mujeres: «No se considere anarquista o séalo hasta el final», le decía allí. «Lloras contra los grandes barones del capital, y promueves una orgullosa baronía del hombre sobre la mujer». Y sobre todo, lo acusaba de ser «apenas un liberal y no un libertario». Al año siguiente Déjacque fundó en Nueva York el periódico Le Libertaire: antiautoritario, anticapitalista, antiesclavista y feminista. En las antípodas perfectas de lo que hoy se vende bajo ese rótulo.
Los nombres son importantes
Cuando las palabras pierden su sentido, decía Confucio, todo el orden social se resiente, y peor aún: «las personas pierden su libertad», según el visionario filósofo chino. Por eso siempre es buen momento para empezar a aplicar el principio también acá: llamarlos “propietaristas”, como sugirió Cain hace más de sesenta años, o “libertarianos”, para marcar la diferencia con la acción y la razón libertarias.
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