Mis abuelos vivían en un molino de agua. Yo me senté con mi diminuta caña de pescar y lancé el anzuelo a la corriente que pasaba por debajo muchas veces siendo niño, aunque ya entonces quedaba muy poco de lo que había sido en su día.
En aquel cauce hubo cangrejos de río, e incluso truchas, oscuras y brillantes. Una de las fotos que más he visto en el álbum familiar es de uno de mis primos sujetando a mi lado dos ejemplares recién pescados, casi más largos que yo. Soy pequeño y parezco muy feliz.
El agua lo envolvía y lo definía todo allí. Mis tíos me señalaron un día dónde estaban, en el fondo, las muelas de piedra que se habían precipitado a través de la decrépita estructura de madera de otro molino. Era aún más antiguo, pero también había pertenecido a la familia. Ese lugar, y esa forma de vida, eran especiales.
Mi hermana me ha enviado hoy una foto desde el pueblo. El río ya no existe, es un pedregal.