Por diversas circunstancias de vez en cuando me llaman de programas de diferentes televisiones para hablar como presunto experto (lo de presunto lo digo yo, que conozco mi impostura y no es un síndrome) y entonces me toca aparecer por ahí a través del zoom como uno de esos bustos que llenan las emisiones. Suelo atenderles salvo que me hayan cancelado dos veces después de tenerme media hora esperando a entrar, que es mi límite de aguante. Y siempre me siento un tanto gusano al participar en estos saraos. Me digo que siempre será mejor hablar un poco de ciencia, de eclipses o temas de los míos, en vez del ruido habitual de tertulianos y voces políticas, o de catástrofes y cosas chungas.
Me engaño, lo sé. Llevo engañándome con la televisión desde hace 40 años, y quienes me conocen saben que siempre me ha parecido con mucho lo peor de la civilización moderna. Al menos hasta el momento. Pero ahí sigo...