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¿Una extrema derecha en África? No como la conocemos

Desde la homofobia política hasta el populismo antioccidental, la derecha africana no encaja fácilmente en los moldes occidentales tradicionales
openDemocracy

A medida que la extrema derecha gana terreno en Europa, Estados Unidos y América Latina, su discurso político resulta cada vez más reconocible y trasciende las fronteras. Sus líderes siguen un guion conocido, que apela al nacionalismo, al conservadurismo social, la xenofobia contra los migrantes y las promesas de un supuesto pasado nacional perdido. ¿Funciona este modelo en África?

openDemocracy entrevistó a tres expertos en política africana: una periodista que lleva mucho tiempo investigando la influencia de la derecha cristiana estadounidense en el continente y dos cientistas políticos especializados en la extrema derecha. Los tres reconocen la existencia de políticas reaccionarias profundamente arraigadas en África, pero se resisten a aplicar una etiqueta generalizada de “ultraderecha”.

La propia terminología plantea un problema, según la periodista de investigación Lydia Namubiru, exeditora de openDemocracy en África. “Ese tipo de política se da en los contextos africanos, pero llamarla ‘extrema derecha’ es un error, porque a menudo no está tan lejos del pensamiento y la práctica política mayoritaria", explica.

En su país natal, Uganda, por ejemplo, el presidente del Parlamento defendió la ley contra la homosexualidad de 2023 que incluye la pena de muerte para algunos delitos. Se observan dinámicas similares en Nigeria, donde el expresidente Goodluck Jonathan firmó una ley contra el matrimonio entre personas del mismo sexo antes de las elecciones de 2015, y en Sudáfrica, donde Namubiru observa que "todos los principales partidos políticos del país se han desplazado hacia la derecha, si no lo estaban antes, en materia de inmigración".

Jason Love, doctorando de la Universidad de Roskilde (Dinamarca) que investiga el populismo autoritario y la derecha en el Sur Global, coincide en que aplicar marcos occidentales a la política africana puede ocultar más de lo que revela. "El nacionalismo, el anticolonialismo, la religión, la etnicidad, la clase y la soberanía tienen significados históricos diferentes, lo que en muchos casos confunde por completo este espectro binario", afirma. "Alguien puede ser nacionalista, socialmente conservador y autoritario, al tiempo que apoya la propiedad estatal, la redistribución y las políticas anticapitalistas".

Sin embargo, el sociólogo político nigeriano Sa’eed Husaini, investigador del Centre for Democracy and Development, con sede en Nigeria, advierte contra el rechazo total de los marcos occidentales. Evitar las categorías globales puede crear "un punto ciego" que "excluye a África de la historia mundial" y lleva a quien observa a tratar fenómenos como el etnonacionalismo como algo peculiarmente africano, en lugar de vincularlos a procesos más amplios, como las crisis de deuda, la austeridad y el ajuste estructural.

Así pues, si no existe un único equivalente africano de la extrema derecha, tal como se la conoce en gran parte del mundo, ¿cómo se manifiesta la política reaccionaria en el continente? Aunque los contextos locales dan lugar a diversas combinaciones de xenofobia, conservadurismo religioso, políticas anti-LGBTQ y mayoritarismo étnico, Husaini señala que los movimientos excluyentes tienen dificultades para dominar la política en muchos países africanos.

En cambio, la diversidad de las naciones suele obligar a los partidos a formar coaliciones interétnicas o interreligiosas para ejercer el poder, lo que da lugar a gobiernos como los liderados por William Ruto en Kenia y Bola Tinubu en Nigeria, que son "mucho más de derechas que en el período de la independencia, pero quizá no tan de extrema derecha como los regímenes militares de los años 1970 y 1980", explica Husaini. Estos gobiernos suelen combinar cierto pluralismo étnico-religioso con una economía neoliberal, políticas culturales conservadoras y una política exterior pragmática que aboga por una retórica antioccidental al tiempo que coopera con las potencias occidentales.

Para Namubiru, una característica común de estos gobiernos es lo que ella denomina "homofobia política oportunista": cuando "un actor político o un gobierno en crisis aviva sentimientos anti-LGBTIQ predominantes – pero no necesariamente políticos – en un intento de distraer a la población de la crisis o de hacerse intocable, con el fin de que sus adversarios sean acusados de contar con el respaldo de los homosexuales". Namubiru ha observado esta dinámica en Uganda, Nigeria, Senegal, Malí y Burkina Faso, donde gobiernos asediados intensifican políticas o medidas contra las personas LGBTQ.

En Sudáfrica, afirma Namubiru, donde la homofobia es menos frecuente, los políticos utilizan el mismo guion, pero con otra víctima propiciatoria: los migrantes. Esto resulta visible en las recientes protestas xenófobas, en las que facciones del partido gobernante "que quedaron marginadas por la presidencia de Cyril Ramaphosa están utilizando las calles, de manera populista, para renegociar el poder".

Love coincide en que la xenofobia y la afrofobia son muy fuertes en Sudáfrica, pero advierte contra una interpretación a través del prisma de las políticas antiinmigrantes de Europa, puesto que la xenofobia sudafricana se ha desarrollado a lo largo de casi tres décadas de construcción nacional posterior al apartheid, la desigualdad y las contiendas políticas, y se dirige de forma abrumadora hacia otros africanos, más que hacia los sudafricanos blancos o los migrantes procedentes de Europa o América del Norte. "Esto nos indica que la intersección histórica y contemporánea influye en cómo se manifiesta [la xenofobia] ahora", afirma Love.

Husaini, por su parte, cree que la política reaccionaria africana antecede al actual momento global de la extrema derecha. Señala la "contrarrevolución reaccionaria" que surgió en las décadas de 1970 y 1980 en respuesta a los movimientos de independencia panafricanos, más inclusivos, que alcanzaron su apogeo entre mediados de la década de 1950 y 1970, que tenían un marcado carácter socialista y buscaban "unir el continente contra el imperialismo occidental".

"Como sabemos, estas aspiraciones se vieron interrumpidas cuando la oposición interna y regional – casi siempre respaldada por antiguas potencias coloniales y que recurría a asesinatos y golpes de Estado, como en los casos del Congo y Ghana – llevó al poder a regímenes radicalmente excluyentes, etnonacionalistas y antizquierdistas", explica Husaini.

"Regímenes como el de Mobutu Sese Seko en el Congo y el de Juvénal Habyarimana en Ruanda suelen recordarse como gobiernos cleptocráticos títeres de Occidente y, como tales, se los considera no ideológicos en lugar de explícitamente de derechas. Esto, en mi opinión, es un error", añade. Esos gobiernos hicieron retroceder las ambiciones progresistas mediante "lo que en otros contextos reconoceríamos claramente como rasgos distintivos de los regímenes de derechas": la etnicización del poder, la conversión de las minorías en chivos expiatorios y la privatización o personalización de los recursos estatales.

Ser antioccidental no significa ser de izquierda

Los movimientos de independencia africanos fusionaron el anticolonialismo con la idea misma de la nación poscolonial. El resultado, según Husaini, es que "casi todos los partidos de todo el espectro ideológico adoptan alguna forma de retórica antioccidental", lo que permite a gobiernos conservadores y autoritarios hablar el lenguaje del antiimperialismo mientras llevan a cabo políticas excluyentes.

Husaini señala el trabajo del politólogo nigerino Rahmane Idrissa, quien sostiene que los observadores externos pueden confundir la retórica antiimperialista de los regímenes militares del Sahel con una muestra de políticas progresistas, sin prestar suficiente atención a cómo esos gobiernos tratan a sus propias poblaciones.

Namubiru expresa la misma idea de forma más contundente. Los líderes africanos que adoptan la agenda neoliberal global establecida por la conferencia de Bretton Woods de 1944 – que creó el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial y vinculó las principales divisas al dólar estadounidense – "siguen autodefiniéndose ante el electorado como ‘antiimperialistas’, ‘antioccidentales’ y defensores de la ‘soberanía’ autóctona, incluso mientras transfieren el producto de su corrupción a bancos occidentales o envían a sus descendientes a establecerse en el Reino Unido, Estados Unidos o Canadá".

Los actores políticos actuales, gobiernos militares y movimientos populistas, suelen recurrir al mismo vocabulario. "Esta retórica es frágil y contradictoria, pero políticamente necesaria en muchos contextos africanos", explica Namubiru. Ser antioccidental, económicamente intervencionista o retóricamente anticapitalista no basta por sí solo para determinar la posición de un movimiento político – lo cual, según Love, es la razón por la que África pone de manifiesto los límites del espectro izquierda-derecha.

Derecha global, pero no solo exportación occidental

Aunque el movimiento de ultraderecha occidental quizá no se traduzca directamente en la política africana, "tiene sin duda ambiciones de influencia global", afirma Namubiru. Sus defensores están "aportando su experiencia organizativa, financiación y contactos a actores [en las naciones africanas] que se muestran receptivos a su objetivo", especialmente en torno a políticas anti-LGBTQ y contra las mujeres.

Sin embargo, Namubiru, Love y Husaini advierten que no se debe considerar a los políticos africanos como objetivos pasivos. "Sería erróneo describir a los actores africanos simplemente como receptores pasivos del conservadurismo estadounidense o europeo", afirma Love. "Más bien, son artífices de lo que podríamos llamar ‘procesos de la derecha global’".

De hecho, los conservadores africanos participan cada vez más en encuentros internacionales como la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), un evento anual organizado por la American Conservative Union, de EEUU, y establecen relaciones directas con movimientos europeos y estadounidenses. Estas redes permiten el intercambio de ideas sobre migración, género y soberanía, que luego pueden traducirse al lenguaje político local y vincularse a reivindicaciones propias. "Por eso describiría la relación como un intercambio ideológico transnacional más que como una simple exportación occidental", argumenta Love.

A diferencia de lo que ocurre en Occidente, en gran parte de África estas redes no operan a través de partidos formales de extrema derecha, sino a través de iglesias evangélicas y pentecostales, comunidades en línea y otros movimientos sociales, afirma Husaini. Esto podría explicar cómo ideas claramente extremistas circulan ampliamente, incluso cuando resulta difícil identificar a una ultraderecha africana en el ámbito electoral. La excepción, sostiene Husaini, es Sudáfrica, donde existe un puente más directo entre sectores de la extrema derecha estadounidense y los grupos etnonacionalistas blancos sudafricanos.

Love ya ve indicios de que está surgiendo una derecha política más reconocible, con ideas extremistas contemporáneas que ganan terreno entre sectores de la creciente intelectualidad masculina urbana, movimientos sociales y grupos en línea, aunque su influencia directa en la política nacional sea limitada fuera de Sudáfrica.

Sin embargo, se muestra cauteloso a la hora de definirla como una extrema derecha articulada, y señala que un movimiento antimigración en Sudáfrica, una campaña evangélica contra el colectivo LGBTQ en Uganda y un movimiento etnonacionalista en Nigeria no deberían agruparse automáticamente solo porque cada uno de ellos comparta características con la extrema derecha europea.

La verdadera pregunta, afirma Love, es qué ocurriría si estas corrientes distintas comenzaran a unirse. "Si estas líneas divisorias empezaran a converger de manera más sostenida y si las formaciones se volvieran cada vez más audaces y extendidas, podríamos asistir al surgimiento de una ‘extrema derecha’ africana única, que desempeñaría un papel mucho más importante en la concepción de la derecha global".

¿Ha llegado ese momento? Para Husaini, la respuesta es "todavía no".

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